Dicen que Nápoles nació de los desamores entre un marino y una sirena.

Vía Pinterest

Vía Pinterest

“¡Por favor!” interrumpe Pantaleón desde su hamaca “dicho así suena muy romántico, pero sabes bien que esa historia hace aguas – excuse the pun, Darling – por todas partes. ¡Haz el favor de contarla bien!” me ordena.

Le Sirenuse, Positano. Vista desde la terraza de la piscina.

Le Sirenuse, Positano. Vista desde la terraza de la piscina.

Miro al mono con antipatía. Mi versión es mejor que la de Homero, pero ya que estamos tiquis-miquis aquí va la suya: Cuenta Homero en la Odisea que fue Circe – quien, para ser diosa, era muy cotilla – la que advirtió a Ulises de la irresistible seducción que sobre los hombres ejercían los cantos de las sirenas.

Paestum, antigua Poseidonia. Al sur de Nápoles en la bahía de Salerno. ¿Quizás fue aquí donde Circe cotilleó estas cosas a Ulises?

Paestum, antigua Poseidonia. Al sur de Nápoles, en la bahía de Salerno. ¿Quizás fue aquí donde Circe cotilleó todas estas cosas a Ulises?

El canto XII de la Odisea dedica bastante poco palabrerío a ello, pero parece que Ulises, que quiso escuchar los famosos cantos sin poner en peligro su vida, ordenó a sus hombres que le amarraran fuertemente al mástil – y que posteriormente ellos se taparan los oídos – al pasar delante de ciertas islas, cercanas a la actual Nápoles, donde habitaban las bellas sirenas. Nadie sabe a ciencia cierta cuáles son esas islas. Capri y las islas Li Galli se disputan el honor de haber sido hogar de las sirenas.

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Li Galli al atardecer desde Positano, agosto 2014

El caso es que los hombres de Ulises se taparon bien los oídos y ataron al buen griego al mástil, y esa noche, pasando cerca de la costa amalfitana, Ulises comenzó a oír unos cantos lejanos. Homero, que es un sieso, ni siquiera describe los cantos, pero debieron de ser formidables. Ulises se debatía entre los cabos que lo ataban loco por lanzarse al mar. Era el canto más bello que había oído jamás. Llegaba de lo profundo de la noche, mezclado con un olor a jazmín, a mar y a olivo. Era un lamento, un canto de amor, una llamada al éxtasis, a la gloria. Nunca jamás se había oído un canto igual. Y nunca volvería a oírse. Las propias sirenas se sorprendieron del magnífico sonido que salía de la boca de Parténope, una de sus más jóvenes y bellas compañeras. Pero los marinos de oídos tapados, y Ulises atado al mástil, desgañitándose por lanzarse al mar, fueron pasando de largo empujados por el viento que llenaba sus velas. Parténope, enamorada de Ulises desde que oyó por primera vez noticias de sus aventuras, intentó atraerlo a sí hasta el final. Cantó, cantó y cantó en esa oscura noche de verano, canto su mejor más dulce y más desesperado. Cantó hasta que la estela del barco de Ulises se perdió en el horizonte. Y entonces Parténope pagó el precio que han de pagar las sirenas cuya canción no es escuchada por el hombre que aman: la muerte. Así son las normas de los dioses. Su cadáver fue arrastrado por la marea hasta la playa de Santa Lucía, donde está el actual Castel del Ovo, y allí, donde el mar arrastró a la sirena muerta, se fundó una nueva ciudad cuyo nombre fue Parténope y que es ahora Nápoles.

Nápoles, vista desde la bahía con Castel del Ovo, lugar donde murió Parténope, a la derecha de la imagen.

Nápoles vista desde la bahía, con Castel del Ovo, lugar donde murió Parténope, a la derecha de la imagen.

“Bufff” dice el mono despectivo levantando el brazo para pedir otro Bellini “sigues inventando más de lo que debes. Así se cuenta la historia. Y luego pasa lo que pasa.”

Le Sirenuse con Li Galli al fondo.

Le Sirenuse con Li Galli al fondo, imagen de su web www.lesirenuse.it

No entiendo cómo puede estar de este humor tan ácido y descreído precisamente teniendo delante la impresionante vista de las islas donde cantó Partenope. Li Galli. Los gallos. Anteriormente conocidas como “Las Sirenas”, nombre que da el suyo al hotel en donde nos alojamos, Le Sirenuse, en Positano. Desde la terraza y desde la mayoría de sus habitaciones se ve el mar Tirreno con las islas de las sirenas al frente. Abajo la cúpula dorada de la iglesia de Positano con sus campanas anunciando el Ángelus en un tañer entusiasmado. A un lado multitud de casitas blancas trepando por los montes Lattari, adheridas a las laderas como los “vongole” a las rocas. Y esos barrancos grises, esas piedras salpicadas de pinos que caen a plomo hasta un inmenso mar turquesa. No hay lugar más romántico en el mundo. Pero el mono no está para chistes.

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Costa amalfitana desde el Sant Antonio, el barco sorrentino de Le Sirenuse.

Costa amalfitana desde el Sant Antonio, el barco sorrentino de Le Sirenuse.

Me armo de paciencia y no digo nada. Al fin y al cabo ha sido él quien nos ha convidado a pasar unos días aquí. Nos rescató a Pío y a mí de los horrores de un hotel en Santa María de Castellabatte donde nos estaban comiendo las pulgas. El hotel se anunciaba como un antiguo Palazzo con playa privada. La playa tenía de privada lo que el Parque del Retiro y el pulgoso Palazzo era sombrío, sucio e inhabitable.

“¿Se puede saber qué hacéis ahí?” me preguntó el mono ante mis lamentos.

“Ver Paestum” le contesté

“¿Y eso qué es?”

“Una zona arqueológica con tres maravillosos templos griegos”

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“Darling!” me reconviene el mono “¡Pero qué tonterías haces! Lo único griego que merece la pena son los navieros. Peludos, feúchos, simpáticos y riquísimos. Déjate de templos. Vente a Positano y te presento a Stavros.”

El comedor de Le Sirenuse de noche, con la buganvilla trepando por las paredes e iluminado únicamente co velas. Concretamente 500 velas.

El comedor de Le Sirenuse de noche, con la buganvilla trepando por las paredes e iluminado únicamente co velas. Concretamente 500 velas.

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Una tiene su dignidad, pero una invitación al hotel de las Sirenas no se desprecia. Sobre todo cuando uno ha caído en las garras de una rubiesca y timadora Principessa que te cobra una pasta por servir de alimento nocturno a sus chinches. Así que adorado Pío y yo hicimos las maletas y salimos del Palazzo Belmonte marcando rueda de coche en la gravilla.

“Principessas hay dos tipos” pontifica Pantaleón en el Oyster Bar de la Sirenuse “las guapas, que hacen una magnífica carrera en el extranjero como pendones verbeneros y se casan divinamente, y las feúchas, reducidas al mantenimiento de los Palazzos mediante timos al gran público”.

Le Sirenuse, el Oyster bar

Le Sirenuse, el Oyster bar

Pues sí que está amargo el mono. Más que su fantástico Negroni servido en estos vasos de Murano diseñados por Carlo Moretti de los que me he enamorado nada más verlos..

Cuencos y vasos de Carlo Moretti en cristal de Murano. Todos distintos. Disponibles en la boutique de www.lesirenuse.it

Cuencos y vasos de Carlo Moretti en cristal de Murano. Todos distintos. Disponibles en la boutique de www.lesirenuse.it

No sé si tiene que ver con nuestra precipitada salida del inhóspito agujero del que nos encontrábamos, pero desde que llegamos a Le Sirenuse, me gusta todo lo que veo. Me he enamorado de los platos de colorines en cerámica de Vietri con los que ponen la mesa. Todos distintos y de diversos motivos de animales…

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platos vietri

Y los inspecciono con deseo en la tienda de Ceramiche Assunta (www.ceramicheassunta.it)

platos vietriplatos vietri coleccion 2
platos vietri3 malaplatos vietri en paestumMe gustan todos y no soy capaz de decidirme. Casi mejor. Ya me imagino fletando un camión para llevarme a casa la enésima vajilla. En mi estado de amante de todas las cosas Positanescas me enamoro hasta de la papelera de mi cuarto…

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Del “botijillo” que hace las veces de cache-pot..

le sirenuse habitacion 2 Del verde de las contraventanas de los balcones…

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Del piqué blanco de las fundas de las sillas…

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De los ventanales de hierro forjado, herencia de los años sesenta…

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Y sobre todo de las enredaderas que, por todas partes, trepan por las blancas paredes encaladas…

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Recuerdo una imagen de la casa de Rose Tarlow en Estados Unidos con una hiedra trepando por las paredes del salón. El efecto no era el mismo porque Rose eligió una planta caduca, y las fotos se sacaron con la hoja caída..

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Tumbada en la piscina, oyendo despotricar al mono, pienso en cómo conseguir que una enredadera trepe por el interior de mi salón…

IMG_1058 IMG_0283 IMG_1742Vincenzo, el maître de le Sirenuse, simpático y amable hasta decir basta, me da la clave: las ventanas son antiguas y tienen holgura, entra aire del exterior. Las plantas se protegen en invierno, en verano se las cubre del excesivo sol y hay varios jardineros que las miman casi tanto como a los huéspedes del hotel. Ummm.

Vincenzo, simpático, listo y todo un personaje. Canta canción Napolitana mejor que Sergio Bruni, compone poesías en sus ratos libres, y tiene el aspecto del mismísimo Aga Khan.

Vincenzo, simpático, listo y todo un personaje. Canta canción Napolitana mejor que Sergio Bruni, compone poesías en sus ratos libres, y tiene el aspecto del mismísimo Aga Khan.

Parece dificil reproducir estas condiciones en mi solución habitacional. Pregunto a Pantaleón qué opina del asunto.

“Opino que tienes unas ideas absurdas que implican esfuerzos innecesarios”.

Vaya. Está claro que no está compitiendo por el título de mister simpatía. Encuentro extraño este mal humor. El día anterior nos fuimos a cenar al barco de Stavros y el mono estaba en su salsa.

Vista desde nuestra ventana con el barco de Stavros al fondo.

Vista desde nuestra ventana con el barco de Stavros al fondo.

Stavros resultó ser un tipo simpatiquísimo. Me contó que se empeñó en labrarse un futuro por su cuenta al margen de su riquísima familia y que pasó años trabajando como un animal. Luego se rindió a la evidencia y optó por aceptar el puesto que tenía reservado en la naviera de su padre. “¿Y ahora también trabajas mucho?” Le pregunto. “No” contesta el griego “ahora el dinero simplemente fluye hacia mí con deliciosa monotonía”. El tipo tiene gracia. Pantaleón charla animadamente con una tía política de Stavros con la que parece estar pasándolo estupendamente· Ella me dice que le gusta mucho mi blusa y le digo que es de Zara. “¡Ah!” contesta “yo siempre he querido vestirme con ropa barata, pero nunca he tenido los medios”.

Lo pasamos de miedo. No entiendo el cambio de humor. Como el mono no me habla me voy a buscar un libro a la biblioteca del hotel…

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Y al asomarme por la ventana lo comprendo todo. El barco de Stavros ya no está. Ha zarpado. Mi pobre Pantaleón es una Parténope moderna y este nuevo navegante griego ha levado el ancla y ha seguido de largo sin escuchar el canto de mi mono-sirena. Pobrecito mío. Corro a consolarle pero no está en la piscina.

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Su hamaca está vacía y no hay rastro de él en ninguna parte.

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Pregunto por él a un camarero y me contesta que se ha ido. ¿Ido? ¿A donde? Subo y bajo las escarpadas cuestas de Positano en su busca.
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Y nada. Vuelto exhausta y preocupada al hotel y en recepción me dan una nota suya. “Darling, necesitaba un cambio de aires. He zarpado con unos amigos. Todo pagado hasta mañana. Love you lots”. ¿Zarpado? No entiendo nada. Me asomo a una de las terrazas del hotel…

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Me parece ver un barco azul marino, en la distancia, navegando en dirección a Capri. Pregunto a Vincenzo si sabe qué barco es. Sin duda lo sabe. “Es el Blue One, signora”. Y mi cultura de la revista “Hola” me sirve para entenderlo todo. El famoso barco de Valentino. A rey muerto, rey puesto. 

Al día siguiente Pío y yo partimos rumbo a Nápoles. De Le Sirenuse sólo se puede ir a casa. Nada sirve en comparación.

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No es un hotel lujoso en el sentido literal del término. No hay mármoles, ni dorados, ni grandes piscinas, ni enormes jardines. Es sólo una casa muy bien llevada. Increíblemente bien llevada. Como si la gobernanta fuera la mejor anfitriona del mundo. Hay sábanas de hilo, toallas de Frette, platos de porcelana de Richard Ginori, copas de Murano y un tropel de gente pendiente del capricho más tonto que se te ocurra. Un barco que te lleva a bañarte a diario las calas más maravillosas de la costa, flores frescas en todos los cuartos, un botones que corre a llevarte dos botellas de agua fresca cada vez que sales de excursión y un Prosecco bien frío en cada habitación para beber mientras ves la puesta de sol desde la ventana.

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Proa del Sant Antonio, el barco del hotel. Li Galli al frente.

En la mesilla, al lado de la botella de agua fría y el chocolate, hay una cajita. En ella unos tapones para los oídos. Alguien podría pensar que son para evitar que el descanso nocturno se vea estropeado por los ronquidos de quien duerme a tu lado, pero yo prefiero creer que, siguiendo la tradición milenaria, están ahí para evitar caer en el embrujo de los cantos de las sirenas. Si los oyera, me quedaría aquí para siempre.

 

PD: Soy consciente de que esto parece un publi-reportaje, pero no lo es. Soy una auténtica enamorada de este hotel donde siempre he sido muy feliz. Reconozco el esfuerzo de sus empleados por hacernos la vida maravillosa a los huéspedes y expreso mi deseo de que éstos estén a la altura de los empleados (lo cual no siempre es el caso). El hotel es fantástico pero caro, por eso quizás sea mejor visitarlo en mayo o octubre, cuando es temporada baja pero aún hace buen tiempo. Si vais, no gastéis en una habitación lujosa porque todas están bien y lo bueno del hotel son las zonas comunes. Con que se vea el mar por alguna esquinita basta…

 

 

 

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Adorado Pío oye de ambos oídos. Esto es periodismo puro.

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Chesterton dijo que el periodismo consiste en contar que Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo. Yo desvelo ahora que Adorado Pío oía sólo de un oído. En el otro tenía un tapón y este tapón ha sido diestramente eliminado por un otorrinolaringólogo en Alhaurinejo, provincia de Málaga.

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Al oír de ambos oídos ha podido disfrutar de un memorable viaje en AVE compartiendo vagón con un infante berreando a pleno pulmón. Fuentes fidedignas informan de que los gritos se inauguraron con un “Quiero mi bollicaaaaaaaaoooooooooo” repetido sin cese.

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Sin duda era esta una justa reivindicación, pero la progenitora a cuyo cargo viajaba el niño no creyó oportuno darle el bollicao hasta bien pasado Antequera. Y ese no fue el fin de sus llantos. Luego quiso su Nintendo y más adelante un refresco. Parece que la criatura tenía genes nacionalistas y que por mucho que le dieran, siempre quería más. Ni su capacidad pulmonar ni sus cuerdas vocales sufrieron merma alguna durante el trayecto de dos horas y media que separa Málaga de Madrid. No así la salud mental de sus compañeros de vagón, que llegaron a la capital seriamente perjudicados.

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“En España ya no se respeta nada” me dice Pantaleón “ni siquiera la sagrada siesta”.

En la lista de valores de Pantaleón el respeto a la siesta está muy alto. La considera sagrada. Y si es veraniega, entonces es aún más sagrada.

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Porque sagrado es, el origen de la siesta. El término “siesta”, originario del siglo XI, proviene de  una de las normas contenidas en la regla de San Benito, fundador de la orden benedictina y precursor de todas las órdenes religiosas. En la regla benedictina San Benito imponía un período de reposo y tranquilidad en la hora sexta, que cae entre mediodía y las tres. A esa hora todos los religiosos debían acostarse en total silencio para descansar y retomar energías para el resto del día. La “siesta” se extendió a otras órdenes religiosas y posteriormente al pueblo laico, que adoptó tanto la costumbre como el modo de referirse a ella: siesta. El descanso en las horas de más calor es algo que tiene sentido y es tradición en los países meridionales y en los que no lo son pero tienen raíces hispánicas.

d82b765bf471a33ab5a4fd34caa2d207“Es una verdad universalmente aceptada que un hombre recién y copiosamente comido, poseedor de un gran sofá, necesita una siesta” me dice el mono parafraseando a Jane Austen (Pantaleón todos los años comienza sus vacaciones releyendo “Orgullo y Prejuicio”)

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La siesta es una española universal, más aún que la Pantoja. Pero a pesar de darle el nombre y tener la fama no somos los españoles sus más adeptos practicantes. Un estudio realizado en 2002 por la revista Neurology demuestra que nuestros vecinos europeos bien han asimilado dicho hábito en sus rutinas encontrándose Alemania en primer lugar con un 22% de personas que incluyen la siesta en su vida cotidiana. Le siguen de cerca un 15% de los italianos, el 14% de británicos, en penúltima posición un 9% de españoles. Casi nadie.

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A pesar de su caída en desgracia, siendo española, me creo con especial derecho a hablar de la siesta con autoridad. Hay mucho aficionado por ahí suelto que no presta a la siesta la atención y seriedad que merece. Hay que recordar que la siesta común (siestus vulgaris) dura entre 20 y 40 minutos y ha de tener lugar en una superficie plana (sofá, hamaca, manta en el suelo) que no sea una cama.

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La siesta de cama, o “siesta grande”, dura más e implica cambio de vestuario. La siesta grande es la que nuestros abuelos denominaban “siesta de pijama y orinal”. Es a la siesta actual lo que las palomas mensajeras al 4G: un anacronismo.

Foto del catalogo de OKA

Foto del catalogo de OKA

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La siesta común, que es la más habitual, tiene un subtipo conocido como la “siesta de documental” (siestus documentalis). Es más habitual en los meses de invierno que en el estío. Consiste en una siesta de sofá, con mantita a cuadros y televisión encendida en la segunda cadena de radiotelevisión española donde, en cumplimiento de sus funciones de servicio público, se emiten documentales especialmente diseñados para promover y facilitar la siesta del contribuyente. Imágenes de la migración de los ñús en el Serengueti, de la transformación en mariposa de cualquier larva o de la vida del caracol de mar en los arrecifes de coral australianos tienen eficacia probada en la producción de un agradable amodorramiento que desemboca irremediablemente en siesta.

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Pero la siesta de verano es distinta. La siesta de verano es de exterior (hamaca bajo sombrilla, terraza a la sombra, manta debajo de un árbol) y es la más letal de todas las siestas. No se conoce antídoto. La cafeína no surte efecto. Las dos coca colas de aperitivo y el café cargado de después de comer pueden dejarte sin dormir toda la noche, pero son inocuos frente al profundo letargo que te invade inmediatamente después de ingerirlos.

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Claro que tras ingerir 2 cervezas, una de boquerones, dos de chopitos, una paella mixta, dos jarras de sangría, una de arroz con leche y dos pacharanes, no es que tengas sueño, es que directamente caes anestesiado. Esto es común a todo ejemplar de español en edad adulta.

Jacques Grange. Comporta.

Jacques Grange. Comporta.

Pero a falta de un buen documental sobre apicultura y no habiendo ingerido dos litros de alcohol y 3000 kilocalorías la inducción a una buena siesta tiene que venir dada por el emplazamiento.

Vanity Fair. Madonna frente a las costas de Capri con un sitio estupendo para practicar la siesta.

Vanity Fair. Madonna frente a las costas de Capri con un sitio estupendo para practicar la siesta.

 

Fresquito, pero no mucho. A la sombra. Con un poco de brisa que mantenga la temperatura y espante a las moscas, terribles mata-siestas y sin niños desprovistos de su bollicao a menos de 1km a la redonda. Una superficie plana donde estirarse et voilá.

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La autentica siesta veraniega no es un dormitar leve de duerme-vela. La auténtica siesta requiere de la relajación de la mandibula hasta un ángulo tal que permita el deslizamiento de la baba. La auténtica siesta requiere tiempo. La auténtica siesta require un despertar digno de una unidad de reanimación.

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Pantaleón y yo os deseamos felices siestas.

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Julio es el mes más cruel. Las temperaturas suben y las prendas de vestir se aligeran, para consternación de Pantaleón.

Vía This is Glamorous, casa en Italia

Vía This is Glamorous, casa en Italia

Los señores se ponen bermudas aunque no tengan intención alguna de jugar al golf y pasean por las calles con toilettes cuidadosamente descuidadas para señalar la llegada del relax estival. Lucen piernas blancas y peludas, exilian los calcetines, llevan las camisetas por fuera y los muy osados hasta se calzan chanclas. Todo esto acongoja enormemente al mono.

Baronesa Catherine d'Erlanger con tiara en el jardín de su casa. Ella es mucho más del estilo de Pantaleón.

Baronesa Catherine d’Erlanger con tiara tomando su 6 o’clock un cocktail en el jardín de su casa. Ella es mucho más del estilo de Pantaleón.

“Darling” se queja Pantaleón “ya no puedo pasear por la calle. Figúrate que ayer me cambié de acera por temor a ser atracado y el ser de aspecto infecto, mal afeitado y en bermudas que se dirigía a mi resultó ser el hijo de Piluca Fitz-Thomas Howard!” Pantaleón pone cara de circunstancias se recuesta en la chaise longue y sentencia con dolor: “Cuando un futuro duque tiene aspecto de golfo apandador es preciso abandonar la urbe”.

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Maravillosa copa de hierro con su peana. Imagen de fuente desconocida obtenida vía Pinterest.

Así que el mono se va. Abelardo está ocupado con los preparativos. La partida estival de Pantaleón se organiza con más tiempo que el desembarco de Normandía e implica un número similar de bultos y efectivos. Aprovecho estos últimos días para pedirle opinión sobre pequeño banco de hierro que acabo de comprar para la terraza. “Mignon” me dice sin más “hay cosas mejores”.

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Vaya. Embriagador su entusiasmo. A pesar de todo insisto, recordándole lo mucho que le gustan los muebles de hierro de jardín. “Sí que me gustan” reconoce el mono “pero más viejos que el tuyo. En materia de mobiliario de hierro, cuanto más viejo y roñoso mejor”.

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“Y cuanto más victoriano y rococó también” añade

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Me entusiasman los muebles viejos de forja para jardín. A mi, al mono y a medio mundo, creo, porque rastros y mercadillos están llenos de ellos. La semana pasada hice una incursión en el Rastro acompañada de Pantaleón (en sábado por la mañana en verano está desierto, recomendamos vivamente acercarse en estos días) y cada una de las tiendas de las Nuevas Galerías y la mitad de las de Galerías Piquer tenía al menos un mueble vintage de forja. Muchas de ellas maravillas. Me enamoré de unas copas de hierro que tienen en “El Jueves” la tienda de Pepa Adrados (Nuevas Galerías, Ribera de Curtidores, tel 91 5302536)

Copa de hierro, parte de una pareja (350€) El Jueves.

Copa de hierro, parte de una pareja (350€) El Jueves.

y me asomé a una de mis favoritas, la tienda de Miguel Arcas en Galería Piquer que siempre tiene algo que me gusta (la tienda por no tener no tiene ni nombre, está en el primer piso, casi en la esquina frontal de la derecha) y en todas ellas encontramos muebles de hierro gritándo “llévame a casa” (unos gritaban más que otros, y en algún caso gritábamos nosotros al conocer el precio). El encanto de una mesa blanca y sus sillas en el verde de un patio, un balcón o un jardín es innegable…

Mesa en la esquinita de una terraza.

Mesa en la esquinita de una terraza.

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Sillas plegables en madera y hierro similares en Ikea (www.ikea.com), Casa (www.casashops.com) y Maisons du Monde entre otros. Ésta última también tiene una mesa similar.

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Y también el romanticismo de un almuerzo veraniego con el mantel de hilo impecablemente planchado, el calorcito del sol, la sombra de un roble y las viejas sillas roñadas de hierro compró la abuela…

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Ralph’s, París

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Pero el hierro es aún más bonito dentro de casa, donde ocupa un sitio orgulloso entre los muebles de interior, luciendo sus “heridas de guerra” en forma de desconchones y óxido obtenidos tras años de desafío a la intemperie…

Consola de hierro de mi madre. La más bonita que he visto (me refiero a la consola, no a mi madre, aunque ella también es de lo más bonito que he visto. Ele.)

Consola de hierro de mi madre. La más bonita que he visto (me refiero a la consola, no a mi madre, aunque ella también es de lo más bonito que he visto. Ele.)

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Carrito de hierro modelo industrial colocado a modo de mesa auxiliar

¿Recordáis a Howard Slatkin? Su mesa de bebidas también es un mueble de hierro interiorizado

¿Recordáis a Howard Slatkin? Su mesa de bebidas también es un mueble de hierro “interiorizado”

Sillas de hierro. Celerie Kemble-

Sillas de hierro. Celerie Kemble-

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Cama. Similares vía www.anthropologie.com o www.okadirect.com (en la versión cara) y www.maisonsdumonde.com en versión barata.

Al mono le pirran las tumbonas de hierro, tan sixties ellas, tan hollywoodienses, que prácticamente obligan a acompañar el reposo de una pamela de paja y un manhattan…

Jardin de Aerin Lauder en los Hamptons, vía Quintessence Blog.

Jardin de Aerin Lauder en los Hamptons, vía Quintessence Blog.

 

Siestecita a la sombra...

Siestecita a la sombra… Vía “The Interior Archive”

“Lo bueno es que el hierro, al revés que los pantalones cortos ” me dice Pantaleón no es aún un fenómeno de masas “lo que permite encontrar chollos estupendos de segunda mano en internet”. Y resulta que el mono tecnófobo (piensa que google son unas gafas de bucear) tiene razón. En apenas 15 minutos encuentro esta joya en ebay por apenas 149€

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Y estas otras dos sillas, en grado de roña óptimo, en la web de TodoColección por 141,75€

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En Objetology hemos encontrado una pareja de butacas, un poco más caras (875€), tapizadas en terciopelo que son dignas de interior

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Me pongo nerviosa. Mi banco no es suficiente. Necesito una mesa redonda y cuatro sillas bien roñosas para colocar en el jardín. De esas con bracitos curvos. Sin ellas no soy nadie.

Sillas de jardin, Finca "EL Carambuco"· Málaga

Sillas de jardin, Finca “EL Carambuco”· Málaga

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Y si no hay mesa por lo menos que caigan las sillas…

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Luego ya las mezclaré con cualquier otra mesa. De madera vieja por ejemplo, que el hierro con madera es una logradísima combinación….

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Y si no hay sillas pues una mesa suelta, creo que a estas alturas ya todo me da igual…

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Solo sé que necesito hierro más que una anémica. Así que cojo las llaves del coche y me voy a buscar al mono para salir de excursión. Se niega a salir a la calle.

“Me he asomado un rato a la ventana y he contado 3 camisas de manga corta, cuatro chancleteros en bermudas, tres señoritas enseñando tirantes de su ropa interior y una ciudadana con trapo camisetero de lentejuelas que Benidorm le serviría lo mismo para ir a la playa que para salir a cenar” me mira con angustia “Como comprenderás no me puedo arriesgar a salir a la calle”.

Puesto así…

 

 

 

 

 

 

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